El dibujante boliviano Al-Azar interpela al poder a través de la caricatura política
Quien me conoce sabe que soy un grupi de la gente que dibuja. Por eso, para algunos, será fácil imaginar mi emoción al conocer el taller del artista boliviano Alejandro Salazar, más conocido como Al-Azar: del temblor al estrechar su mano por primera vez y de la satisfacción de saber que compartimos anaqueles emocionales al ver que un libro de Paco Roca reposa en su mesa de trabajo.
Salazar nació en Cochabamba, en 1959. Llegó a La Paz con su familia a los cuatro años. Se crio en la frontera entre Cristo Rey, barrio de clase media, y Tembladerani, suburbio de “zapateros, panaderos y maestros rurales”.
“Mi infancia ha transcurrido entre gente popular”, dice Al-Azar con una efervescencia que contradice su aire de sabio cansado. “Pero mi otra infancia pasaba en un colegio de hijos de abogados, médicos. Creo que conozco los dos lados de la ciudad”.
Entrar a su taller es como abrir una sala de juegos, el capricho lúdico de un niño que nació hace más de seis décadas. Al-Azar —que según el periodista Ricardo Bajo es la versión andina del dibujante español El Roto Andrés Rábago— me hace un tour por el lugar como quien hace un recuento de sus mejores travesuras.
“Tengo mi lápiz con la computadora para hacer el dibujo del periódico”, dice. “Pero a mí me gusta más lo manual. Con tinta, como se hacía antes. Me gusta el pincel y el agua. Soy de la vieja escuela. Me gusta el proceso”.
El maestro es un militante del detalle. Su esencia habita más en lo manual que en lo digital: las manchas en sus dedos son el recordatorio del tiempo que ha vivido haciendo lo que más le gusta. “En la computadora casi todo está hecho. Pero en lo manual, encontrar el color es más difícil. Claro, te equivocas. Pero el error es bueno porque nadie se equivoca igual que vos. Eso le da valor al trabajo, ¿no?”
Formado en arquitectura, Al-Azar se asume autodidacta e influenciado por su padre, profesor de dibujo. “Veía a mi papá dibujar y me parecía un acto de magia. En una hoja en blanco no había nada y, gracias a una persona, de repente había algo”.
En 1994, obtuvo el Primer Premio en Pintura del Salón Pedro Domingo Murillo, el concurso de arte más importante del país. Su notoriedad, sin embargo, llegó gracias a la caricatura política, a mediados de los años noventa. Desde entonces, sus opiniones políticas en forma de viñetas han interpretado con mordacidad y humor la historia boliviana y mundial. No hay un evento importante que no pase por el prisma de Al-Azar ni complejidad que no pueda ser condensada por su maestría para la síntesis.
El periodista Ricardo Bajo resalta “la agudeza rebelde y el talento satírico a la hora de olfatear la realidad” de Al-Azar, a quien define, con sinceridad kamikaze, como “el mejor analista político de Bolivia, de lejos”. Por su parte, Lucía Mayorga, ilustradora e investigadora en artes y política en la Universidad Estadual de Minas Gerais (Brasil), pondera el humor y la imaginación en la obra del dibujante. “En una de sus viñetas de 2019, unos militares, desde un tanque, apuntan hacia un grupo de personas, y entre ellas hay un perro con las patas en alto. Es tierno y gracioso. Pero la risa se convierte en mueca al reconocer que el contexto es la masacre de Senkata”.
Cuando la charla se encamina por los recodos de la política, las manos de Al-Azar imitan los aspavientos de un director de filarmónica. “Mi punto de vista es el de un trabajador. No el de un oligarca”, dice el maestro.
La trinchera alazariana es innegociable: la de un obrero del dibujo que jamás abandonó su alma popular. Ese lugar de habla, tan incómodo para las clases medias aspiracionales de Bolivia, le supuso censuras y amenazas.
En 2019, publicó una serie de caricaturas que cuestionaban a la presidenta interina Jeanine Áñez. La viñeta que detonó la censura de sus colegas muestra a Áñez sentada en la silla presidencial al final de lo que parece ser una alfombra roja que resulta ser un camino flanqueado por hileras de cadáveres con los pies descalzos. La ilustración critica los asesinatos cometidos por militares en Senkata y Sacaba en noviembre de 2019, que según el informe del GIEI-Bolivia de la CIDH fueron calificados como masacres. “Me pagaban por opinar y yo estaba haciendo mi trabajo. Entonces empezaron a acosarme en el periódico. Colegas se reunieron con el dueño para que me echara”.
El universo digital fue más brutal y hubo quien amenazó de muerte al dibujante y a su familia. A la pregunta de qué lo llevó a dibujar esas viñetas, él responde: “Yo pensaba: ‘es igual que en la dictadura de García Meza’. Y pensé: ‘siempre los muertos son gente popular’. ¿Por qué los matan siempre a ellos? Son apellidos indígenas. Cuando ves la lista de muertos, te encuentras con Quispe, Mamani, Condori. Hay una cosa en este país que mezcla lo racial con lo político y la muerte”.
Sus manos ya no hacen aspavientos. Se tocan entre sí. El dibujante se ha convertido en un concienzudo profesor de sociología. “Hay una cuestión de solidaridad de clase con las víctimas”, dice enfático. “Porque yo soy un trabajador. Vivía de un salario”. Sobre la situación actual del país, dice que la gente que dominaba antes Bolivia está de vuelta.
José Luis Exeni, politólogo y editor de la obra antologada de Al-Azar, acierta cuando dice que “cada dibujo es un editorial o una columna de opinión, siempre irreverente, que interpela sin concesiones los (des)órdenes del poder”.
Que tanta política, sin embargo, no nos haga pensar que el maestro es un ser solemne. Al contrario. En su taller encontramos desde una bicicleta estática hasta un cepillo para calzados convertido en carrito. Cuando le hablo de las viñetas que más me gustan, Al-Azar ríe, satisfecho de que las cáscaras de banana que le lanza al poder estén cumpliendo su misión. El poderoso resbala. Mi sonrisa fluye. El maestro juega.